Sobre la Telemedicina y sus desafíos

por | May 6, 2020 | Miguel Viveros Vergara, Opinión

En estos tiempos de pandemia, se han hecho familiares una serie de expresiones que aluden a actividades y conductas, profesionales o no, ligadas al uso de medios tecnológicos que, pocos meses atrás, eran conocidos y ocupados solo por algunos. Semanas de restricciones han bastado para que se popularicen el teletrabajo, las videoconferencias, las clases online, las reuniones por Zoom e incluso los encuentros familiares por esa u otra plataforma. Estas actividades son ahora parte de nuestra vida diaria bajo el estado de catástrofe y cuarentena, pero no es muy atrevido aventurar que la mayoría llegaron para quedarse.

En el ámbito sanitario, la expresión de moda es Telemedicina, sin perjuicio de que se trata de una forma de actividad profesional que se viene desarrollando e implementando hace un par de décadas. Según la OMS, la Telemedicina se define como “el suministro de servicios de atención sanitaria en los que la distancia constituye un factor crítico, realizado por profesionales que apelan a tecnologías de la información y de la comunicación con objeto de intercambiar datos para hacer diagnósticos, preconizar tratamientos y prevenir enfermedades y heridas, así como para la formación permanente de los profesionales de atención de salud y en actividades de investigación y evaluación, con el fin de mejorar la salud de las personas y de las comunidades en que viven”. A esta definición han seguido otras que se consideran más precisas, restrictivas o comprensivas, según sea el caso, e incluso se ha propuesto el empleo de denominaciones distintas como tele-salud o telemática en salud.
Dejando de lado las discrepancias terminológicas, es indudable que la Telemedicina ofrece enormes ventajas, entre las cuales se cuentan una mayor facilidad al acceso a las atenciones de salud, salvando dificultades de distancia y traslados; el apoyo a médicos y centros ubicados en zonas que carecen de especialistas; la descomprensión de consultorios y demás centros de atención a veces colapsados; el favorecimiento del control y vigilancia de los pacientes; y, en fin, la facilitación del intercambio de opiniones entre los distintos especialistas y profesionales de salud.
Desde luego, todo esto es muy positivo, debiendo advertirse que a nivel nacional se viene trabajando en la implementación y perfeccionamiento de la Telemedicina desde hace bastante tiempo, tanto en el sector público como privado. Aunque no es tanta la novedad, es indudable que algunas formas de la Telemedicina, como, por ejemplo, la teleconsulta, se han hecho realidad para el común de los mortales solo en estos tiempos. Aún más, muchos médicos, que han sufrido un alto impacto en su práctica profesional por el Covid-19, han recurrido a las teleconsultas por primera vez para asegurar la continuidad de su actividad asistencial.
En este cuadro favorable y beneficioso, nos interesa llamar la atención sobre los importantes desafíos que la Telemedicina nos plantea en el plano ético y jurídico. Así como la teleasistencia, la teleconsulta, la teleinterconsulta, la televigilancia y los telediagnósticos están revestidos de los méritos esbozados, así también debe considerase que involucran problemas y riesgos que es imposible soslayar. Y lo
cierto es que cada una de esas formas de Telemedicina conlleva una problemática propia.
Algunos de los aspectos que exigen reflexión y especial cuidado conciernen a la relación médico-paciente, la ficha clínica, el consentimiento informado y, por cierto, la responsabilidad profesional. La prescindencia del examen físico, el manejo de la información médica que se transmite o intercambia y su registro, la pluralidad de intervinientes -médicos y no médicos- así como la expresión y prueba del consentimiento informado, son algunos de las delicadas materias puestas en juego por la medicina a distancia. Todo esto conlleva riesgos para la correcta práctica médica y la confidencialidad, así como para la seguridad y autonomía del paciente. Además, puede tener repercusiones en el ámbito de la responsabilidad legal de los facultativos y demás intervinientes, incluyéndose entre estos no solo a los médicos y al personal sanitario auxiliar, sino que también a otros profesionales alejados del ejercicio de la medicina, tales como el especialista informático.

A propósito de esta responsabilidad legal, resulta evidente que el deber de cuidado y la lex artis tienen, en el ámbito de la Telemedicina, un contenido distinto, quizá más extenso, pero en ningún caso menos exigente, en comparación con el que debe observarse en la medicina presencial.

De paso, surgen interrogantes adicionales como las vinculadas a la extensión de los seguros de responsabilidad civil y, al mismo tiempo, aparecen riesgos extra sanitarios como son los vinculados a los servicios informáticos, todo un mundo en sí mismo.

En fin, es posible que algunos de las preguntas y problemas sugeridos encuentren respuesta en normas de aplicación general. Así, por ejemplo, la ley sobre los derechos y deberes de los pacientes constituye un marco normativo general de gran utilidad para orientar las respuestas y soluciones aplicables a las distintas formas que puede adoptar la Telemedicina. Además, puede anticiparse que los principios y criterios habitualmente aceptados en el ámbito de la bioética y el derecho de la salud, tendrán, con las adecuaciones del caso, vital incidencia a la hora de resolver estas nuevas problemáticas. No obstante, es indudable que no todo se encuentra tan claramente resuelto y de ahí nuestro interés en dejar planteado el desafío.

Miguel Viveros Vergara
Abogado

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Miguel Viveros Vergara

Abogado, vicepresidente 1º Asociación Chilena de Derecho de la Salud.

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